martes, 20 de noviembre de 2012

LA REALIZACIÓN SIMBÓLICA Y DIARIO DE UNA ESQUIZOFRENICA.


LA REALIZACIÓN SIMBÓLICA Y DIARIO DE UNA ESQUIZOFRENICA.

Muchas veces creemos que los padecimientos del plano esquizofrénico no tienen cura y más aún, son crónicos y degenerativos. En este libro se plantea un caso que niega todas esas creencias. Se hizo famoso por el trabajo de la psicoanalista suiza Marguerite Sechehaye (1887-1964) “La realización simbólica” en donde exponía un novedoso método de curación psicoanalítica de la esquizofrenia; junto con esta obra la doctora publicó finalmente el diario de Renée, una joven enferma mental que había recuperado la cordura gracias a la nueva terapia. Se trata no sólo de una remisión, sino de una verdadera curación: el estado de su antigua paciente permite un desenvolvimiento y un progreso psíquico con nuevas adquisiciones espirituales iguales a los del desarrollo normal.
En este ensayo relataré los antecedentes de la paciente, después haré un análisis del trabajo de la Dra. Marguerite, para después dar mi opinión del caso.

La madre de Renée proviene de una antigua familia noble del sur de Francia. Guapa y culta, con inclinaciones artísticas, se casa con un sueco sano y muy inteligente, más joven que ella.
El de Renée es difícil, pero nace sana y era hermosa, únicamente a la madre le parece espantosa. Como no puede amamantarla tiene que alimentarla por biberón. Al cumplir la niña los once meses, la abuela se va de repente. Renée sufre por esta causa un fuerte shock: Grita, pega con la cabeza en la pared y busca con la vista a la abuela.
De ahora en adelante duerme en el cuarto de los padres. Al despertar exige imperiosamente su desayuno. Pero los padres se ríen de ella, la dejan esperar a propósito, la llaman "petit caporal" y la amenazan diciéndole que no recibirá nada si grita.
Cuando tiene 14 meses, recibe por compañero de juego, un pequeño conejo blanco, a quien ama cariñosamente. Un buen día, su padre mata al animalito -desgraciadamente en la presencia de la niña-: un nuevo shock afectivo. A partir de ese momento, Renée pregunta constante e insistentemente: "Conejito, ¿duele - duele?", se niega a comer y sufre delirios febriles, de modo que se supone que tiene meningitis.
A la edad de seis años Renée carga grandes piedras y las coloca sobre las vías para que el ferrocarril descarrile y mate así a alguien. No sabe a quién. Pero es el tren en el que su padre viaja regularmente. Lame el óxido de las barras y las piedras para hacerse "rígida como el hierro" y "fría y dura".
A los once años Renée es presa de un entusiasmo religioso. Se levanta cada mañana a las cinco y va a misa. Visita cementerios, donde con seriedad, y sorprendente puntualidad, cuida de tumbas extrañas y abandonadas. Habla con los muertos y les pide permiso para coger sus flores y darlas a los muertos desamparados. Más o menos al cumplir los doce, la niña tiene ocasionalmente ilusiones ópticas, pero sin resultados afectivos dignos de mención. Al entrar en un zaguán cree ver gente que, rodeada de coches-cuna, toma té.
La madre de Renée, que por su parte hace lo posible, pero que ha perdido el valor por la tarea demasiado pesada que le impuso, propone a menudo a su hija mayor que mueran juntas, tal como ya se lo había propuesto su padre: “después de todo, ¿que nos importa la vida?” Y la niña no se atreve a decirle a su madre que no solo desea vivir, sino que a veces hasta le gustaría jugar...
Con frecuencia e insistencia  le reprocha la madre a Renée que no la ama lo suficiente y que demasiado a la iglesia. Le insinúa que tiene inclinaciones anormales, por buscar la protección de amigas mayores, maternales; todo esto hace que crezca en el inconsciente de la muchacha una vehemente rebeldía, que por fuerza tiene que quedar reprimida.
Renée se hace sonámbula y todo el día bebe solo té. Mal nutrida y con demasiado trabajo, se asombra uno de que todavía pueda ser buena alumna. Pero la maestra la encuentra inatenta, excitada y un poco rara. El médico de la escuela la examina y determina en ella una infección primaria y es enviada a un sanatorio de montaña.
El médico de la clínica que la considera muy inteligente, se extraña de esta "máquina para destruir el mundo", así como lo de la inclinación por masturbarse.
En la escuela, Renée ya casi no trabaja y su comportamiento es cada vez más extraño, de tal manera que la profesora la lleva al médico que ya dos veces la había examinado. No logra hacerla hablar y determina, en la consulta de dos años atrás, un retraso intelectual. El caso le parece grave y no cree que tenga muchas posibilidades de curación. A pesar de ello envían a Renée a la Dra. Marguerite para que intente atajar el mal diciendo: se trata de una esquizofrenia en sus comienzos, quizá pueda ayudarla usted aliviarla pasajeramente. Trate usted de hacerle hablar".

Durante las primeras visitas, Renée muestra una actitud arrogante, tiesa y reservada. Le cuesta trabajo acostarse en el sofá. Su mirada es rígida; la expresión de su cara, severa. Pero a los diez minutos empieza a hablar. Desde el comienzo lucha contra una trasferencia positiva diciendo: “Me es usted muy simpática pero no quiero decepcionarme una vez más. Las personas no me quieren mi misma. Siempre tienen una intención: sea religiosa, piadosa, científica o egoísta. Además tengo miedo de que usted me haga daño como el medico en la clínica, quien me violento y me canso muchísimo.”
Renée habla de dos perturbaciones: en primer lugar acerca de la masturbación, que le parece ser una sensualidad repugnante, una falta de respeto a su propio cuerpo, una falta de voluntad. Y en segundo lugar los temores, que son muchos e indeterminados.
A las tres semanas la actitud de Renée se ha hecho negativa. Rehúsa a dar cualquier explicación, es pasiva, no quiere hablar o solamente emite juicios intelectuales y es indiferente. Vuelve constantemente a su problema “¿debo aceptar el análisis?”. Y se da cuenta que no puede ayudarse y tiene que sentir apoyo aunque sienta que sea cobardía.

A los tres meses y medio de tratamiento Renée habla muy poco, y lleva sus primeros dibujos simbólicos.  El primer dibujo se trata, según su explicación, del castigo que se la da a quien se niega a entrar en un convento: la gente se burla de esa persona y le hace daño. En los dibujos B y C alguien pide algo a una persona que le da la espalda. Para vengarse de la negación, lanza llamas infernales.
A partir de este momento, Renée  se dedica a menudo a dibujar durante las sesiones, y esto la aligera bastante.

A los seis o siete meses de análisis Renée sufre de dolores de cabeza y de un cansancio general que aumenta continuamente. Todavía se muestra recalcitrante a todo alivio durante el tratamiento. Teme la ayuda pues le impide sufrir. Y ella desea sufrir para castigarse por su odio.
La manía forma poco a poco un sistema, y un buen día todo estos "castigos" se explican por las maquinaciones de un desconocido "perseguidor", a quien Renée escribió una carta rogándole que ya no la torturase.
Parece increíble que a pesar de su estado anímico siga haciendo progresos. Es más paciente con sus hermanos menores y, con el asombro de todos, hasta ha comenzado a tejer una bolsa para su madre, ella que nunca hace trabajos manuales. Ha desaparecido el miedo a la masturbación y aumentado su confianza en sí misma. También trabaja un poco mejor para la escuela.

A los 19 años, la prueba más segura de una mejoría, aunque sea superficial, es la de que Renée obtiene sus calificaciones finales y que haya conseguido trabajo en la oficina. De aquí en adelante la doctora trató de alterar un poco el tratamiento ahora se sienta a su lado. La posición de la analista a la espalda de la paciente le da a esta un sentimiento de completo abandono: como no ve a la doctora, cree que no está presente; pero aun así el cansancio mental aumenta.
Nuevamente se hace cargo de ella el psiquiatra, quien la envía a un sanatorio con el diagnóstico: “ideas maniacas paranoica”. Del sanatorio es enviada a una clínica de psiquiatría. Sufre por lo pronto un fuerte shock al ser encerrada en la sala de observación junto con varias mujeres agitadas y dementes, una de las cuales abandona la cama para darle una bofetada a Renée.

Renée tiene ya 20 años y su estado es cada vez peor. Ya casi no come, de noche se siente agitada y tiene horribles pesadillas que la hacen a gritar.
Pero poco a poco la Dra. ha ido comprendiendo el sentido de los símbolos de Renée. Cuando después de repetidas interpretaciones habían captado con toda seguridad su sentido, intenta explicárselos. Pero únicamente lograba una comprensión intelectual y pasajera, y a menudo chocaba con su rechazo: no quería separase de sus símbolos.

Renée tiene veintiún años y tres meses de edad, tres años de intentos para salvar a Renée, pero constantemente choca con su sentimiento de culpabilidad que erige como una muralla alrededor de ella. Lo más difícil ahora es hacerla comer. Renée había regresado a la fase oral, pero se habría enojado si hubiera recibido leche real, enfermándose con ella aún más. Debía recibir un símbolo no una realidad.
La "madre alimentadora" sustituyó a la "frustrada". Esto le permitió a ella que siguiera viviendo, que se amara a sí misma para renunciar, en consecuencia, al castigo: la nueva madre había probado que deseaba que su hija siguiese viviendo.
Todavía quiero señalar la circunstancia de que el caso de Renée se trataba de una profunda necesidad y no de un comportamiento infantil sin contenido simbólico, como el que se encuentra a menudo en personas histéricas.

Durante los primeros meses de tratamiento ya con la mejoría de ella y de haber pasado grandes procesos, Renée pedía "pan y te". A toda prisa traía yo una bandeja con té y panecillos. Observaba estos alimentos sin tocarlos, como alguien que no ha recibido lo que quería. Con sus propias manos Margarite debió de haberle dado un trocito de pan y una cucharada de té. Renée dijo más tarde que habría sanado mucho antes si la hubiese tratado de un principio simbólicamente.

Los puntos particularmente importantes respecto a la técnica de la realización simbólica parecen ser los siguientes:

·         Los procesos solo podían lograrse durante las sesiones.
·         La realización tenía que ajustarse a la fase en que Renée se encontrara.
·         Hubo que pasar por todas las fases con suma lentitud.
·         El símbolo tenía que aplicarse directamente y mediante una persona de carne y hueso.

He aquí los resultados que se lograron mediante la realización simbólica con relación a la agresividad, al estado de confusión, al contacto, al amor propio y a la adaptación de la realidad.
1.      Cuando le di a Renée simbólicamente lo que pedía, le manifesté al mismo tiempo el amor materno.
2.      La satisfacción del deseo secreto izo inútil la comprensión esquizofrénica.
3.      Después de eliminar la agresividad, pudo establecerse contacto con la nueva madre.
4.      En consecuencia, la realización de un deseo demostraba el amor materno.
5.       El  Yo fortalecido permitía a Renée independizarse de la madre.
El tratamiento que recibió Renée me parece un ejemplo de la calidad humana de ambas, pero de paciencia y humildad de parte de la analista. Sechehaye propone una terapia novedosa que hoy por hoy parece rechazada por la psiquiatría oficial. Para la doctora las alucinaciones o las conductas alteradas del esquizofrénico no son simples afloramientos sin sentido de una mente trastornada sino que son plasmaciones de necesidades psíquicas insatisfechas. Desde la perspectiva psicoanalítica esta idea no debe resultar extraña ya que los síntomas neuróticos también son considerados en el psicoanálisis como intentos de restablecer la economía psíquica del paciente. Renée había sido desahuciada por la psiquiatría de su época y todo apuntaba a que “se trata de una esquizofrénica en sus comienzos (está en la edad en que a menudo se desarrolla una hebefrenia), no es posible ayudarla mucho, pues está en el camino de la desintegración mental, común en estos casos” (La realización simbólica cap. II) sin embargo, el método de Sechehaye logró el total restablecimiento de Renée.


La clave del método de Sechehaye es que considera que la patología del enfermo mental “habla” de sus necesidades psíquicas, de nuevo, esto no debería resultar chocante desde el psicoanálisis toda vez que uno de los elementos de la terapia psicoanalítica original era la interpretación de los sueños del paciente como manifestación de su vida psíquica profunda. Lo novedoso del método de Sechehaye es que no sólo ve las alucinaciones o conductas anómalas de Renée como “síntomas” de su patología sino también como intentos simbólicos de superar el estado esquizofrénico. De este modo la patología “habla” a la enferma de la enferma misma; la alucinación, las visiones del “Otro Mundo” no son afloramientos de las cloacas de lo irracional sino exhibiciones simbólicas de necesidades profundas de la enferma. El camino de la enfermedad es también el camino del restablecimiento psíquico, el camino que transcurre por el “Otro Mundo” es también el que llevará a Renée hacia esta alucinación socialmente admitida llamada “Mundo Real”.

Por otra parte, aún a riesgo de parecer exagerado creo que he leído pocos relatos tan extraordinariamente dramáticos como el diario de Renée, con el agravante de que cuenta hechos verídicos que se repiten día a día en ciento de miles de personas con alguna patología mental. La paulatina desconexión de la enferma con el mundo real es narrada con un inexorable fatalismo y un profundo sentimiento de angustia y soledad. La certeza de que al final Renée fue reintegrada a la realidad hace que la lectura de esta tragedia sea algo más soportable. Me parece realmente significativo que la gran angustia y el sentimiento de irrealidad de Renée parecen fundamentarse en el hecho de sentir el mundo como ajeno y una terrible separación de todo y de todos, y no las alucinaciones per se. Si no siento la más mínima comunión con el mundo, puedo ver las imágenes de lo que me rodea, pero todo está despojado de alma y es por tanto monstruoso e irreal. Precisamente lo contrario a los momentos de profunda conexión en los que se puede experimentar precisamente lo contrario; que todo está lleno de alma y que no es otra que la nuestra misma. Y todo es profunda y absolutamente real. Esto viene a corroborar la idea de que el enfermo que sufre algún tipo de psicosis no teme tanto las alucinaciones en sí sino el sentimiento de soledad y de desligazón con la realidad socialmente admitida que le rodea. La irrealidad, conforme avanza el deterioro mental de Renée, se asocia cada vez más al aislamiento y la ruptura de los lazos que unen a la enferma con el mundo de lo humano, entonces las alucinaciones sí se tornan terroríficas.

Sin duda me parece que el método es novedoso, pero que la piedra angular del trato con personas es la propia humanidad y no son las interpretaciones las que curan sino la relación entre paciente y analista.

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